Silencio culposo.

Desde el encierro el sol calienta las baldosas del piso a través de las ventanas y el calor alivia los pies descalzos como témpanos de hielo convirtiéndolos en agua que todo lo encubre y tapa bajo su corriente transparente, el tiempo ya no corre de la misma forma, no se sabe si es sábado, miércoles o quizá un tedioso lunes. La casa huele a eucalipto y acoge a las personas de su interior haciendo que sus relaciones mejoren, las envuelve con un manto de melancolía y rabia espuria, el piso esta desinfectado pero nada nos asegura recuperar el bienestar. El virus es invisible como la mayoría de enemigos son asesinos a sueldo que contratamos en silencio bajo las practicas de la sumisión y la indiferencia que imperan en la normalidad virulenta del presente. La periodista informa que el joven murió por los golpes de la Policía, la tía de la victima indica que no le recibieron la denuncia. Cierran la nota con tres policías en pantalla diciendo que no se encontró ninguna denuncia de la familia ¿por qué hacerla 15 día después? dándole todos los argumentos y razones a la fuerza publica para matar a la gente si lo considera necesario y lo peor de todo es que nadie dice nada. Todos callamos en un acto condescendiente y estúpido.

En este lote valido solo hay jefes y patrones, machos biológicos y otros envidiosos que hacen su mejor esfuerzo para llegar allá arriba, esto se reproduce en todas la jerarquías y clases sociales como un ejemplo de buen vivir o éxito, algo que yo todavía no entiendo o que no me lograr entrar en la cabeza. Desde el norte nos enseñan como cuestionar las desigualdades racistas y burguesas, los peluquines rubios y los bronceados anaranjados se escudan en la fuerza publica que tiene una autonomía sin limite contra quien cuestione este orden inalterable de la democracia. Un poco más al centro al norte del sur, en nuestro país, sabemos que las vidas negras, pobres, travestís o ceropositvas, simplemente no importan. Sabemos que los campesinos, los desterrados y empobrecidos no importan. Siempre han sido los muertos que han llenado esta fosa común llamada Colombia.

Hoy nos hablan de cifras de infectados, de recuperados, de muertos, de heridos, de zombies que aun defienden el Estado Nación patriarcal pero nada de eso nos hace sentir mejor. Ni los fondos para los más necesitados, ni las mascarillas obligatorias, ni la distancia social, nisiquiera el descubrir el horror del narco-estado en el que vivimos nos hace sentir mejor, todo lo contrario nos llena de ansiedad, de culpa, de una rabia sagrada que nos empieza a matar lentamente. Una ira que se apodera de nosotros mientras seguimos encerrados sin poder hacer otra cosa que rociar alcohol a toda superficie y lavarse las manos unas tres veces por hora, para zafarse de las responsabilidades éticas de la vida, para enjugar las mentiras repetidas como un dictado para que así se puedan maquillar, pulir, mezclar con eufemismos y así continúen en la ausencia de verdad, así desangran estas ansias de justicia con revolución ya trasnochadas, ya tan cansadas y manoseadas por la historia.

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Publicado por

ESCACHAR

Blog de pensamiento crítico, feminismo, periodismo.

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