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foto: https://www.momento24.co/

Nunca fui hábil en el mundo de las cosas masculinas, no se conducir, o reparar cosas, solucionar ciertas cosas que se supone debe realizar un hombre donde la fuerza y el ingenio están en terreno de duda o afirmación, por ejemplo los conflictos del común entre dos hombres al conducir en una avenida llena de autos, bicicletas, motocicletas, pitos, luces y gritos. En la forma que se ve el mundo a los ojos de un macho, ellos siempre tienen la razón, deben explicarle a los demás como hacer las cosas bien y ademas nunca se equivocan, ya que no tienen los huevos para asumir cualquier error, prefieren insultar o ahogarse en su propio orgullo antes de ceder o pedir una disculpa.

Tengo un recuerdo de los 7 años en una de las avenidas más peligrosas tanto por trafico de carros, como por el contexto, estaba ubicada entre zonas de bodegas o fabricas, pero también tenia limite con zonas de consumo de drogas, marginalidad o habitabilidad de calle. Yo estaba dentro del carro en la silla de atrás con mi abuela al lado, un ciclista transportaba una lamina enrollada en forma de cilindro. En medio de trafico, el calor y los habitantes de calles que melodiaban los espejos y llantas de los carros mientras cambia el semáforo pidiendo dinero a los conductores o distrayendo a la victima de algún hurto. El ciclista choca el cilindro contra la esquina del baúl del carro, rompiendo una de las lamparas o luces, mi padre al sentir el golpe y ver la joven con las manos en la cabeza preocupado por lo sucedido, se baja, revisa el golpe, discute con el ciclista, el joven le dice que no tiene dinero, que él solo estaba trabajando así que mi padre retiene la lamina y se dirigen al lugar de trabajo del mensajero. No sin antes forcejar y hacer la típica escena de masculinidad, de insultos y golpes, donde un macho alfa aplaca a los jóvenes machos llenos de hormonas y poca experiencia.

20 años después sigo sin tener contacto con ese mundo masculino, es algo que no encaja con mi personalidad, sin ver en ello algo negativo, simplemente no hay un interés de mi parte por discutir con los demás, por tener un capital como un auto o una moto, sigo sin tener la obligación de solucionar este tipo de situación, intentando alejar ese reflejo paterno en mi. Hace unas semanas cruzando la calle, mi padre grito a un hombre de un auto porque no nos dejo cruzar. Desde el grito, el tono al decir cualquier cosa “¿la calle es de su madre?”. Se repite la escena mecánicamente, esta situación es algo que no he podido solucionar, la angustia de lo que ese desconocido pueda llegar a hacer solo por la boca indiscreta, pero también ese es un silencio que prefiere ser cómplice a solucionar los problemas de esa única forma violenta, donde el lenguaje se pone al servicio de un machismo, donde ser femenino o las madres de los involucrados son sus mejores insultos o herramientas para agrandar una situación cotidiana de un cruce de calle en cualquier cuidad, en cualquier lugar del mundo. Porque menciono la feminidad como algo denigrante que utilizan los hombres para pisotearse y abrirse camino en este cultura misoginia, porque si la situación tuviera a una mujer en la contra parte, simplemente se insulta a la mujer culpándola, da a entender que no se puede esperar más pues es una mujer al volante. Conozco mujeres que manejan mejor que cualquier hombre y que me hacen sentir muy seguro al momento de compartir un recorrido o trayecto. Pero en el dialogo entre hombres, ellos se creen los dueños de la vía, los dueños de la única cosa que tiene valor, su automóvil o carro y que su razón es la verdad. Ellos nunca cometen un error y de hacerlo creen que con dinero lo pueden solucionar.

Ayer recibí una llamada entre las 4 y las 4:20 minutos de la tarde, nos saludábamos y teníamos una conversación trivial de ¿cómo estuvo tu día?, ¿qué tal todo?, ¿a dónde se dirige en ese momento? En un pequeño silencio fue chocado por la parte de atrás por un camión de carga que lo hizo chocar contra el carro que le seguía. Esto sucedió a 9 cuadras de mi casa, no nos veíamos hace semanas o un mes, pero en ese instante me dice:¿puedes venir por favor? utilizando otras palabras. Yo me aliste, tome las llaves, mi teléfono y salí a buscarlo, al caminar y llegar a la esquina de la autopista, lo identifique en el carril del costado izquierdo a la orilla cerca del separador. Las otras dos partes eran 2 hombres en el camión y en el otro auto padre e hijo preocupados por su carro. Por consenso ninguno de ellos por ser mayores de 35 años tenían la culpa del accidente, llamaron a la policía que era una mujer, ella tomo medidas y sugirió que las partes arreglaran para no tener que esperar las aseguradoras y hacer más engorroso el problema, suficiente con tener que hacerlos trabajar. El señor del camión dio 100.000 pesos colombianos, cruzo otras palabras con la policía y se fue, huyendo del problema. El otro conductor con ayuda de su padre es ese hombre en el que deben convertirse o debemos convertirnos todos, solo pedía más dinero y no le importo dejar a la persona a quien habían chocado su carro por ambas partes sin dinero, lo importante aquí eran que sus latas se arreglaran, él dio el dinero y se despidió de mi, debía encontrarse con su familia para reparar el auto y ademas dejar obstaculizar la vía.

Yo regrese a mi casa caminando recordando que ahí estaba yo de nuevo sin hacer nada en medio de esas situaciones, sin intención de solucionarlas pero tampoco de experimentarla por mi mismo, pero la vida te empuja mostrando en los demás las limitadas circunstancias humanas en donde depende de nosotros responder como animales o ser prudente, correcto consigo mismo, pues la vida se encarga de poner a cada quien en su lugar. Nunca esta mal hacer cosas bien así en el momento se sienta que se pierde, se gana una experiencia diferente a la que sociedad limita a los cuerpos masculinos para solucionar sus problemas cotidianos.

Silencio culposo.

Desde el encierro el sol calienta las baldosas del piso a través de las ventanas y el calor alivia los pies descalzos como témpanos de hielo convirtiéndolos en agua que todo lo encubre y tapa bajo su corriente transparente, el tiempo ya no corre de la misma forma, no se sabe si es sábado, miércoles o quizá un tedioso lunes. La casa huele a eucalipto y acoge a las personas de su interior haciendo que sus relaciones mejoren, las envuelve con un manto de melancolía y rabia espuria, el piso esta desinfectado pero nada nos asegura recuperar el bienestar. El virus es invisible como la mayoría de enemigos son asesinos a sueldo que contratamos en silencio bajo las practicas de la sumisión y la indiferencia que imperan en la normalidad virulenta del presente. La periodista informa que el joven murió por los golpes de la Policía, la tía de la victima indica que no le recibieron la denuncia. Cierran la nota con tres policías en pantalla diciendo que no se encontró ninguna denuncia de la familia ¿por qué hacerla 15 día después? dándole todos los argumentos y razones a la fuerza publica para matar a la gente si lo considera necesario y lo peor de todo es que nadie dice nada. Todos callamos en un acto condescendiente y estúpido.

En este lote valido solo hay jefes y patrones, machos biológicos y otros envidiosos que hacen su mejor esfuerzo para llegar allá arriba, esto se reproduce en todas la jerarquías y clases sociales como un ejemplo de buen vivir o éxito, algo que yo todavía no entiendo o que no me lograr entrar en la cabeza. Desde el norte nos enseñan como cuestionar las desigualdades racistas y burguesas, los peluquines rubios y los bronceados anaranjados se escudan en la fuerza publica que tiene una autonomía sin limite contra quien cuestione este orden inalterable de la democracia. Un poco más al centro al norte del sur, en nuestro país, sabemos que las vidas negras, pobres, travestís o ceropositvas, simplemente no importan. Sabemos que los campesinos, los desterrados y empobrecidos no importan. Siempre han sido los muertos que han llenado esta fosa común llamada Colombia.

Hoy nos hablan de cifras de infectados, de recuperados, de muertos, de heridos, de zombies que aun defienden el Estado Nación patriarcal pero nada de eso nos hace sentir mejor. Ni los fondos para los más necesitados, ni las mascarillas obligatorias, ni la distancia social, nisiquiera el descubrir el horror del narco-estado en el que vivimos nos hace sentir mejor, todo lo contrario nos llena de ansiedad, de culpa, de una rabia sagrada que nos empieza a matar lentamente. Una ira que se apodera de nosotros mientras seguimos encerrados sin poder hacer otra cosa que rociar alcohol a toda superficie y lavarse las manos unas tres veces por hora, para zafarse de las responsabilidades éticas de la vida, para enjugar las mentiras repetidas como un dictado para que así se puedan maquillar, pulir, mezclar con eufemismos y así continúen en la ausencia de verdad, así desangran estas ansias de justicia con revolución ya trasnochadas, ya tan cansadas y manoseadas por la historia.

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