Los comunes somos más.

”En la vida social contemporánea, parece que es ley que cuanto más se ataca a los comunes, más fama alcanzan”.

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No es fácil abordar este tipo de temas que me ha dejado en un estado de shock, leer, pensar, caminar, observar, huir. Ese ha sido un poco el proceso de este texto. Un contexto burdo, brusco y marginal. Hay miles de nuevas formas de violencias de la sociedad capitalista y democrática poco accesible y con eso ya se expone la idea principal. Que los derechos y la democracia no tienen cara de obrero, negro o indio pues ellos no tienen posibilidades a salud o educación por eso ya no creen los discursos de paz de un país que mata a su propia gente por oponerse al capital.

La mayoría de las personas no cuenta el tiempo o el interés para profundizar en este tipo de temas que son tan pertinentes para comprender lo que está pasando, los asesinatos, la dictadura del consumo que impone el gobierno de turno, donde el sueldo mínimo no alcanza para lo básico y la clase dirigente se burla hablando de arriendos y ropas que ellos no compran, por que gastan millones que se roban de nuestros impuestos, por eso no saben el costo para ellos eso no es problema. No saben lo que es vivir a pie pelao trabajando desde niño, sin derecho a protestar porque no lo creen importante.

Los seres humanos necesitamos satisfacer necesidades materiales e inmateriales y para eso producimos riqueza social –valores de uso– al mismo tiempo que vamos entablando un conjunto de relaciones para gestionar la vida colectiva: gestionamos para producir (entre otras cosas más) y producimos para gestionar (entre otras cosas más); y así nos reproducimos en tanto especie, en tanto colectivos y en tanto particulares. La producción hace parte de la reproducción humana, no viceversa. La gestión de la vida social o la política hacen parte de la reproducción humana, no viceversa. Y la producción y la gestión son sociales y por tanto, tomando el proceso de reproducción de la existencia como punto de partida del análisis, son uno solo; la reproducción social, realmente, es un proceso indivisible, aunque esté maldita y violentamente separada por el pensamiento moderno, por el pensamiento que brota cuando es la producción del capital lo que se coloca en el centro del análisis (Federici, 2013 [2004]).

La reproducción de la vida en si es un proceso productivo bajo las dinámicas capitalistas actuales, la ropa limpia, la comida fresca, la limpieza y el apoyo psicológico son trabajo no remunerados que sostiene el sistema de intercambio de servicios y saberes por dinero. Pero jamás ha sido reconocido como algo valioso para el proceso productivo, la reproducción de la vida es un proceso largo que ha tenido como destino histórico el cuerpo de las mujeres y la construcción de los valores femeninos.

Marx señala que la procreación de una nueva generación de trabajadores es fundamental para la organización del trabajo pero lo ve como un proceso natural, de hecho, escribe que los capitalistas no tienen por qué preocuparse respecto a este tema y pueden confiar en el instinto de preservación de los trabajadores; no piensa que puede haber intereses diferentes entre hombres y mujeres de cara a la procreación, no lo entiende como un terreno de lucha, de negociación. A la vez, piensa que el capitalismo no depende de la capacidad de procreación de las mujeres dada su constante creación de «población excedente» a través de revoluciones tecnológicas; sin embargo, clara muestra de la preocupación del capital y del Estado respecto del volumen de la población es el hecho de que con el advenimiento del capitalismo llegaron todo tipo de prohibiciones del control de la natalidad por parte de las mujeres, muchas de las cuales llegan hasta hoy día, al tiempo que se intensificaron las penas para aquellas que las ponían en práctica. Por otro lado, solo tiene en cuenta las relaciones sexuales en relación con la prostitución que, encuentra degradante y obligada para las mujeres por su empobrecimiento.

Es pertinente cuestionarse qué es más degradante vender una vagina en condiciones de pobreza extrema y vender los ideales y criterios de cientos de mujeres modernas profesionales a favor de los valores familiares y capitalistas solo para parecer más bonitas y reproducir el miro mariano cristiano.

El fin, por tanto, no es el valor de uso. Entonces, en una sociedad capitalista, la organización de la reproducción de la vida social no es un fin en sí mismo; sino un conjunto de operaciones para acelerar la creación y la circulación del valor de cambio; el valor de cambio no puede existir sin el valor de uso, pero el segundo queda subordinado a la dictadura del primero. Esto es particularmente claro en los procesos campesinos o indígenas de producción de alimentos así como en los procesos de producción autónomos que se centran en el valor de uso de sus productos y en las relaciones que crean y afianzan a partir de ello.

Esto es evidente tanto en países donde sigue prevaleciendo el modelo neoliberal como Perú o Colombia y en países donde se ha renovado, por lo menos parcialmente, el nacionalismo económico o el capitalismo de Estado como Venezuela, Ecuador o Bolivia. Y en toda la región andina, como en otras regiones latinoamericanas, es evidente que lo que prevalece, por debajo de otras diferencias de régimen político, son formas de acumulación extractivista, incentivadas por la alta demanda mundial por los recursos primarios. Independientemente del régimen político, encontramos que la contaminación de la tierra, el agua y los alimentos va junto con la apropiación y la explotación de los recursos de hidrocarburos, minerales, bosques y tierras fértiles y, a su vez, una centralización del poder estatal que implica que las decisiones sobre el desarrollo, tomadas a nombre de la “nación”, muchas veces dejan de lado las prioridades y la voluntad de las poblaciones locales. En muchos casos, la contradicción entre la soberanía del Estado-nación y la soberanía de esos pueblos supuestamente representados por el Estado resulta ser profunda.

Por último, es difícil ignorar el uso tan habitual que se hace del concepto “común” o “bienes comunes” en el actual discurso inmobiliario sobre los campus universitarios, los centros comerciales y las urbanizaciones cerradas. Las universidades elitistas que exigen a los estudiantes matrículas anuales de 50 mil dólares, se refieren a sus bibliotecas como “centros comunes de información”. En la vida social contemporánea, parece que es ley que cuanto más se ataca a los comunes, más fama alcanzan.

Fuentes.

  1. https://kutxikotxokotxikitxutik.files.wordpress.com/2016/12/el-apantle-revista-de-estudios-comunitarios-11.pdf

El Aplante común para qué

  1. https://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/TDS_map49_federici_web_0.pdf

El patriarcado del salario – Silvia Federici.

Publicado por

ESCACHAR

Blog de pensamiento crítico, feminismo, periodismo.

2 comentarios en “Los comunes somos más.”

  1. Querido amigo, tan oportuno que nos muestres este panorama. como y cuando hacer para que el común de la sociedad, que somos casi todos, tengamos acceso a estos análisis y despertemos de una vez por todas.
    Muchas gracias por ilustrarnos, y sobretodo por difundir.

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