Dias actuales o imaginarios, ya da igual.

La ciudad maldita

Es sábado en la tarde, el cielo esta nublado y hace que el día sea oscuro y frio, salgo de mi casa, de mi cuarto, de mi encierro auto-provocado, cruzo la  portería, camino hacia la Autopista Sur. Llevo una muda de ropa y nada más. Cuando quieres las cosas pasan no hay excusa que valga cuando de por medio hay una buena intención, pasarla bien.

Después de caminar unos minutos, llego a esperar un bus que me lleve por toda la Av. Boyacá. Logro tomar uno, el tráfico es lento, parece que por 30 minutos de espera avanzamos unas pocas cuadras. Empieza a llover, lo que empeora el tráfico en mi ciudad, Bogotá, se mezcla un olor de tierra mojada y los pasajeros destilan un olor a perro mal bañado, casualidad o causalidad, aún no lo sé. Envío un mensaje informando que posiblemente llegue después de lo acordado por el tráfico. Mientras espero  veo los carros organizados en filas eternas, veo como las personas que están adentro encienden la calefacción o cierran las ventanas de sus autos y se acomodan para la larga espera. Yo enciendo mi reproductor de música y espero como todos para llegar a mi destino. Me sumo a la fila de indiferentes que solo esperan llegar de un lugar a otro.

Tras una hora y 30 minutos, logre llegar a la Calle 26 con Av. Boyacá, al bajar del bus, camino, veo que el tráfico  ya está un poco fluido, cruzo el puente peatonal y bajo hasta la estación de Normandía, giro a mano izquierda y camino dos cuadras al sur, me paso una cuadra, algo normal en mi despiste habitual, así que  bajo dos cuadras y camino una hacia el norte. Llego a una esquina de una casa de dos pisos, saludo amablemente, ahí está él mi mejor amigo, mi cómplice, un enviado por la vida o el destino para mostrarme que las cosas pueden ser diferentes.
Él, modesto pero orgulloso me muestra su lugar de trabajo, el resultado de su esfuerzo y dedicación en las últimas semanas. Quedo sorprendido, intento cruzar un pasamos pero no logro dar más de dos brazadas para avanzar, caigo sobre mis zapatos y se levanta polvo al rededor.

Nos despedimos de Luis un hombre alto, de contextura gruesa, de risa contagiosa que me asegura que “ese muchacho es un caspa”, algo que yo ya sé. Subo a una moto negra, motor 1600, es mi segundo recorrido en moto. Él me pregunta por el tráfico en la Av. Boyacá le digo, qué está muy trancado por accidentes de tránsito o inundaciones, a lo que hace caso omiso y continua, vamos hasta la calle 150 con Boyacá, y subimos para tomar la carrera 9 hacia la 163 con 8f.

Habían transcurrido semanas, quizás más de dos meses en que no iba a ese lugar, me encuentro con sus padres, muy amables me saludan como si nos hubiéramos visto hace unos días. Encuentro el espacio familiar, reconozco los ambientes y donde se encuentra cada uno. Veo a Gustavo parado frente al espejo y a Charlotte en el cuarto atenta de su amo. Salimos a comprar algunas cosas como vino, jamón, queso, después complementamos con atún, café instantáneo, aceite, huevos, dulces, botellas de agua y gaseosas. Todo cupo en dos maletas, nos despedimos entre abrazos y buenos deseos, salimos a la Autopista Norte vía Chía. El tráfico es todo lo contrario, las calles secas, solitarias y tranquilas. Paramos varias veces para verificar la ubicación del destino. Hasta que una moto con tres pasajeros muy ruidosos, nos distraen y giramos antes de tiempo. Replanteamos la ruta y seguimos rumbo a un lugar de ensueño. Guasca es un municipio colombiano del departamento de Cundinamarca ubicado en la provincia del Guavio, a 50 kilómetros al nordeste de Bogotá, D. C. Cuenta con una población de 14.759 habitantes.

Al llegar  nos reciben unos perros en un puente de madera rojo, hacemos una llamada para informar que ya estamos en el lugar de la reserva, cruzamos el puente y llegamos a una finca hermosa, con huerta y tres cabañas que parecen sacadas de un cuento infantil. La señora encargada nos recibe, me entrega las llaves de la cabaña y se retira.

Lo primero que hacemos es poner a hacer café y pegar un cigarrillo de marihuana, destapamos una botella de vino y ponemos música rap a todo volumen. La noche llega con su frio típico, lo que nos lleva a descansar para madrugar y poder disfrutar de un día de campo.

A las 5:50 minutos de la mañana nos despertamos por inercia gracias a nuestro reloj biológico, calentamos café  y salimos a ver el amanecer en un comedor hecho con troncos de árboles en medio de un amplio jardín verde. Los perros nos saludan batiendo su colita y oliendo cualquier rincón extraño para ellos. Preparamos desayuno, huevos con jamón y queso acompañado de aguacate y más café. Llega un gato negro con blanco se instala en una silla y nos pide jamón, casi que nos exige darle de nuestra comida, yo derretido por este animalito hago todo lo que me pide sin chistar, hasta que se aleja  y se acomoda con los perros como si fuera uno más de la manada.
Decidimos organizar un poco y salir al pueblo a conocer los termales. Llegamos al lugar donde nos cobran hasta por respirar aquel aire sobre expuesto y pasado por muchas bocas y pulmones sucios.

Pagamos el ingreso, la dotación y el casillero para dejar las cosas. Vamos a la zona de los termales, ingresamos, el agua es tibia, amarillenta y el lodo en el piso no nos da confianza, nadamos de un extremo a otro, observamos los chorros de agua que salen a presión a un costado y observamos como las personas se hacen mascarillas exfoliantes con el lodo del fondo del termal. Salimos aterrados por lo juegos familiares, por el ambiente patriarcal y buscamos un lugar menos concurrido, entre baldosas calientes y gente en toalla, encontramos una zona cubierta, el vapor de las dos piscinas hace que se sienta  más caliente, es imposible aclimatarse de un sentón, lleva tiempo poder sumergirse en esa agua burbujeante, cuando ya pude aguantar la caída de agua hirviendo sobre mi cabeza, nos recomendaron la pileta del páramo, esta pequeña piscina tiene agua helada con hierbas como eucalipto y ruda, nos enseñan un recipiente para poder bañarnos atotumadas; La sensación es indescriptible, refrescante y liberadora. Salimos del lugar, regresamos a la cabaña a hacer almuerzo, atún con jamón, queso, huevos y aguacate, después tomamos una larga siesta, al despertar organizamos la cabaña para entregarla, nos despedimos de las personas encargadas y tomamos camino a Bogotá, paramos en la carretera a comer picada de longaniza, chorizo, morcilla, papas criollas y sabaneras, una cerveza para acompañar y seguimos el camino.

Se pueden observar las grandes sabanas, los cultivos de flores, las montañas a lo lejos y lindos paisajes de pueblo, de rutas delgadas con tiendas a sus costados, desde fábricas de loza hasta papelerías o venta de minutos. Empezamos a ver los edificios, el smog sobre el cielo de la ciudad y el tráfico lento. Esquivamos los camiones, automóviles y bicicletas.

Nos despedimos en el centro donde tomo Transmilenio para regresar a mi casa, voy con mi maleta y el alma un poco más liviana, llena de esperanza para hacer algunos sueños realidad y fumarme algunos plones.

Volver a la rutina el ejercicio diario de resistir, de abrirse camino, de ser terco, de no aceptar que nadie esté por encima de mí ni yo esté por encima de nadie, lo segundo si lo conozco mientras lo primero lo experimento a diario. Abrirse los huecos en las mejillas, aparentar y buscar un camino que repelo químicamente. No lo puedo explicar es como si fuera más importante llegar primero que llegar mejor. Yo busco ejercitar la paciencia pero ya se me agota.

Foto https://okdiario.com/espana/leyes-genero-subvencionan-100-millones-euros-feministas-radicales-toda-espana-3549182img_8140-655x368

 

 

Publicado por

ESCACHAR

Blog de pensamiento crítico, feminismo, periodismo.

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