En media noche hay sol.

El tiempo atraviesa todo, nos determina en un momento presente, sin embargo al mismo instante nos ofrece mil opciones y realidades semejantes pero cada una particularmente diferente, de eso se trata este cuento. Un jueves en la mañana parecía que todo transcurría según la rutina, en esa misma línea secuencial, el frio y la post neblina de lluvia en Bogotá, sus estaciones atestadas de un vapor pesado, denso que destila arrogancia. Filas eternas, pitos de tránsito, empujones apurados, incomodidad conocida. Este mecanismo de transporte lleva ya 20 años en una ciudad que no ha cambiado de pensamiento en más de medio siglo.

Un joven clase media, trabajador, de no más de 30 años sin un salario suficiente pero tampoco descarado, en otras palabras le alcanza para lo necesario, lo demás es lujo, lo demás es despilfarro. Logra escabullirse entre en las filas, y los vendedores ambulantes como ascendiendo de una cloaca pero de cristal.

Su nombre es Andrés, compra un cigarrillo y un café, cruza la puerta del parque y se sienta frente a una cuadricula de ajedrez, donde los blancos son ladrillos y los negros son enormes pinos de más de 2 metros de alto. Ve como el sol alumbra sus copas verdes, espinosas, rebosantes de humedad. Escucha música con audífonos, en ocasiones noticias cuando siente un poco de paciencia para enterarse de algunas novedades de actualidad.

Antes de terminar el cigarrillo, ya sentía esa angustia, ese malestar, ese correr del tiempo que estaba por comenzar. Y que tanto le rasga al deslizar. Decidió no prestarle atención y dejarlo pasar. Marca y abre las puertas, cuando esta de buenas toma el ascensor, si no prefiere subir 5 pisos por escaleras para dejar sus cosas en un casillero ubicado en el centro al costado sur, exactamente en el antepenúltimo estante, séptima fila, segunda hilera, de abajo hacia arriba. Deja todas sus cosas, cualquier muestra que lo pueda identificar, sube dos pisos más y empieza a ver las horas pasar. Se loguea y un mensaje tras otro, un error o quizás un horror tras otro, lo empezan a inundar, pero él ya lo sabe pilotear, se asegura de sus herramientas y empieza a navegar.

Descansó unos pocos minutos, después pudo salir a merendar, para él un bistec o un pastel no parece ser suficiente al momento de comer. Pudo mantener el control, logró hacer pensar que todo lo tenía todo bajo control. Por fin oscureció, ya finalizó pudo cerrar sesión. Salió, caminó por los andenes húmedos, fue a tomar café, a ver las luces de los carros y sentir el frio apabullante que hace por estos días corrientes. Se dirigió a la estación, se conectó a su música y continuó con su fachada. No resistió, pues es debíl y callo. Lo intentó una vez y después dos, cuando se le presentó en frente, cómo un relámpago tan solo lo cruzo, sus ojos se detuvieron menos de un segundo y solo continúo. Todo siguió, pero él se paralizó, sus estúpidos dedos eran los únicos que no se detenian, solo pudo girarse y al reconocerlo avanzar e intentar no mirar atrás. Justo como le indicó, con nada de sutileza le mostró eso que ya por fin confirmó, al ignorar por completo cualquier intensión. No es lo único importante, pero si relevante a lo mejor. Por favor no se crea superior pues todos vamos con tiquete de ida pero no regreso al resplandor.

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Publicado por

ESCACHAR

Blog de pensamiento crítico, feminismo, periodismo.

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