YO MAESTRA

Florence María Therese Thomas nació en Rúen – Paris en el año de 1943.  Es profesora emérita de la Universidad Nacional de Colombia, escritora de libros como Conversaciones con Violeta o la Mujer tiene la palabra, además de tener su columna de opinión en  el Periódico El Tiempo. Es Licenciada en psicología con una Maestría en psicología social de la Universidad de Paris. Llego a Colombia en Julio de 1967.

22 de Agosto 2019. 5 p.m. Biblioteca Virgilio Barco – Bogotá.

Muchas gracias por esta primera presentación de verdad, muy contenta de estar aquí. Y he traído un pequeño escrito muy corto porque también  quiero escucharlos a ustedes, uno aprende de los otros.

Primero que todo el nombre lo vario de Yo maestro, a Yo maestra.

Primero quiero contarles que este calificativo de maestra me gusta mucho. Cuando me encuentro a mis estudiantes y me saludan -Hola Profe, me vuelven a la mente esos muchos años de docencia en la universidad. Primero en la Universidad Nacional fueron 30 años. Y después en todos los rincones de este país donde me invitaban a que les cuente lo que significaba ser mujer en tiempos de guerra o en tiempos de construcción de paz. Mi vida profesional es y fue en la enseñanza, en la Nacional que por un lado fue enseñar, y al mismo tiempo recibir, la gran lecciòn que recibi  nunca dejar de aprender.

Lo que soy hoy es en gran parte gracias a la docencia, ahí encuentro seres inquietos y a veces muy vivos. Esto se debe a haber llegado a la Universidad Nacional, pero también a las mujeres de este país, populares, indígenas, campesinas, docentes y líderes políticas quienes me enseñaron.

Soy maestra y lo seguiré siendo hasta mis últimos días. Por cierto tuve la suerte de que a los quince días de llegar a Colombia  fuera contratada por la UN donde viví 30 años de vida profesional. Durante este tiempo estuve vinculada con la Facultad de Ciencias Humanas, en el departamento de psicología y sociología, por mi maestría en psicología social.  Y fue ahí donde me enamore de este país, puedo decir que esos 30 años fueron verídicos para ese deslumbramiento de país, que me invadió y me asalto muy profundo.

 La UN significo mi ingreso a la Colombianidad y cuando digo esto, me refiero primero al idioma. Por qué les cuento que llego sin hablar una palabra de español. De verdad solo sabía decir sí y no. Los dos primeros semestres los dicte en francés con traducción simultánea. Imagínese era otra universidad, en ese tiempo tenía más plata que ahora.  Mi iniciación al español comienza con una extraña mezcla de palabras propias y conceptos o adjetivos sociológicos incrustado en un contexto político de los años setenta y ochenta del campus universitario. Conocí los vocablos JUCO, MOIR y mamerto antes de conocer palabras como escoba o espejo. Evidentemente  ahí estaban todos los grupos de izquierda, los años 70s-80s-90s  fueron un momento importante.

La Universidad Nacional me permitió también encontrarme con estudiantes que me enseñaron a cuestionar, a dudar y a soñar. Yo hubiera llegado a los Andes o a la Javeriana, creo ya no estaría en este país. Tuve la suerte de llegar a donde había que llegar en ese momento. De muchas generaciones guardo un recuerdo imborrable, por supuesto no pasaba un día en donde no me mamaran gallo por mi acento, y claro no puedo dejar de mencionar este grupo de académicos y académicas que me permitieron dimensionar mejor este país. Por ellos pude reconocer esas violencias del pacífico que escondían todas estas violencias pasadas y por venir. Pero incluso esta UN revolucionaria que se develaba ante mis ojos me olía a macho, y no solo a mí, sino a un grupo de profesoras de la facultad de ciencias humanas, con las cuales comenzamos a soñar otros mundos posibles para las mujeres, lo que más tarde, en los años ochenta llamamos el Grupo Mujer y Sociedad lo que a su vez llegados los años noventa sentó las bases de la Escuela de Estudios de Género que sería el primer centro académico feminista de Colombia. Ser feminista académico colombiano ES POSIBLE. Ahora cuenta con especialización y maestría.

Sí, fue al final de los 70s y al comienzo de los 80s cuando el feminismo entro a mi vida. Justo en el momento en que mi generación tenía una gran necesidad de responder a ese código, que queríamos entender, ese grupo de mujeres que se reunían cada jueves de 12 a 2 de tarde, con una empanada y un yogurt en mi oficina. No siempre, era con un pan francés y una colombiana. Para entonces a mi oficina la llamaban el aquelarre, que es donde se reúnen las brujas. Es cuando comprendimos que el feminismo es una apuesta ético-política, en un país que parecía estar destinado a tener madres en lugar de mujeres. Fueron tiempo intensos y de alguna manera románticos, pero no me arrepiento en absoluto.

Por qué ser maestra significa obligarme a aprender, concientizarse, investigar, analizar el contexto de su época, hoy estoy convencida que amar a un país es hacerlo reflexionar sobre los grandes debates de  sociedad. Por eso no me dio miedo hablar de los años 70s y 80s,  de la legalización del aborto, de las diversidades sexuales. Fui la primera en tener columnas, en un periódico como EL TIEMPO, hablando de la legalización del aborto, de la homosexualidad. En ese tiempo no se hablaba aun de la diversidad, no se hablaba de la comunidad LGBTIQA. Tengo que aclarar una cosa, nunca este periódico me cambio una coma. Nunca me dijo absolutamente nada.  Y nunca recibí una sola carta de amenaza debe ser porque tengo acento, eso me permitió decir mucho más rápido las cosas que las mujeres colombianas no podían decir.

Tuve la suerte de enseñar en los tiempos de la comunicación oral y no virtual, no sé si conocen el esténcil esos tubos de tinta negra o tizas.  Todavía no había fotocopias en la UN, NO HABIA NADA DE LO QUE TENEMOS AQUÍ, PANTALLAS Y PROYECTORES, nada de esto. Entonces era otro mundo bastante distinto al que tenemos hoy.

Me pensione en los años 90s para dedicarme a recorrer este país hablando de los derechos de las mujeres,  en un país donde los jóvenes están cada vez  más inmersos en los medios digitales, como lo menciona en una de sus columnas Francisco Cajiao en el periódico El Tiempo. Y  apropósito les voy a leer una carta que recibí de un profesor, Leonardo Haberkorn de la Universidad de Montevideo en Uruguay, que dice.

Me canse me rindo.

Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez. No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún día a dictar clases en una licenciatura de periodismo.  Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron, me rindo.  Tiro la toalla. Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa de recibir selfies. Claro, es cierto, no todos son así. Pero cada vez son más.

Hasta hace tres o cuatro años la exhortación a dejar el teléfono de lado durante 50 minutos – aunque más no fuera para ser maleducados- todavía tenía algún efecto. Ya no. Puede ser que sea yo, que me haya desgastado demasiado en el combate. O que esté haciendo algo mal. Pero hay algo cierto. Muchos de estos chicos no tienen conciencia de lo ofensivo o hiriente que es lo que hacen. Además, cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo
ante gente que no lo consume ni le ve sentido a estar informado. Esta semana en clase salió el tema Venezuela. Solo una estudiante en 20 pudo decir lo básico del conflicto. Lo muy básico. El resto no tenía ni la más mínima idea. Les pregunté si sabían qué uruguayo estaba en medio de esa tormenta. Obviamente, ninguno sabía. Les pregunté si conocían quién es Almagro. Silencio. A las cansadas, desde el fondo del salón, una única chica balbuceó: ¿no era el canciller?

¿Saben quién es Vargas Llosa?

 ¡Sí! ¿Alguno leyó alguno de sus libros? No, ninguno.

Conectar a gente tan desinformada con el periodismo es complicado. Es como enseñar botánica a alguien que viene de un planeta donde no existen los vegetales. En un ejercicio en el que debían salir a buscar una noticia a la calle, una estudiante regresó con esta noticia: todavía existen kioscos que venden diarios y revistas. Llega un momento en que ser periodista te juega en contra. Porque uno está entrenado en ponerse en los zapatos del otro, cultiva la empatía como herramienta básica de trabajo. Y entonces ve que a estos muchachos –que siguen teniendo la inteligencia, la simpatía y la calidez de siempre- los estafaron, que la culpa no es solo de ellos. Que la incultura, el desinterés y la ajenidad no les nacieron solos. Que les fueron matando la curiosidad y que, con cada maestra que dejó de corregirles las faltas de ortografía, les enseñaron que todo da más o menos lo mismo.Es entonces, cuando uno comprende que ellos también son víctimas, casi sin darse cuenta va bajando la guardia. Y lo malo termina siendo aprobado como mediocre; lo mediocre pasa por bueno; y lo bueno, las pocas veces que llega, se celebra como si fuera brillante. No quiero ser parte de ese círculo perverso. Nunca fui así y no lo seré. Lo que hago, siempre me gustó hacerlo bien. Lo mejor posible.

Ellos querían que terminara la clase.
Yo también.

Me canse, me rindo.

Afortunadamente no viví esto, claro que este profesor exagera, es una realidad que se vive en las aulas de clase. Claro que seguí enseñando, ya no en la Universidad si no hablando con mujeres populares, campesinas, indígenas, esa cosa de lo virtual, no es lo mismo.  No puede seguir ganando, no puede seguir. Tuve la suerte de enseñar en la mejor Universidad de Colombia y a un país.  Con estudiantes críticos y académicos destacados en los años 70, 80 y 90. Evidentemente ahí es un momento importante de mi vida, que es cuando entiendo si quiero dejar algo de manera distinta para la Universidad, tenía que salir y hablar con los otros. Y es cuando se crea el Grupo Mujer y Sociedad, se creó de una manera un poco fortuita en los corredores de la Universidad donde yo me preguntaba, dónde están las mujeres de este país. Y es verdad cuando yo llegue hace 52 años no había nada. Ni siquiera se percataban de la importancia de este proceso. No es una exageración es de verdad, A muchos, aunque no lo creas Florence, nos dicen lo mismo, qué eso para qué. Fue cuando empezamos a reunirnos en mi oficina de la Universidad todo los jueves de 12 a  2, a empezar a leer, sobre todo esto.  Los cuatro primeros años del grupo fueron solo lectura frente a los tema de estudios de la mujer, aun no se llamaban estudios de género. Empezamos a trabajar, a investigar, frente a nuestros saberes, era un grupo muy interdisciplinario habían psicóloga, historiadora, habían tres mujeres de trabajo social. En toda la facultad de ciencias humanas, trabajo social fue el departamento que más respondió a mis expectativas. Obviamente por la disciplina que es trabajo social, es decir por las mujeres populares, por la pobreza por todas estas cosas. Porque psicología muy poco las cosas de género en absoluto. Había profesoras de sociología, es un grupo muy interesante que se dio cuenta que la historia nunca había sido contada por las mujeres, un ejemplo de esto es el bicentenario, 130 mujeres fueron asesinadas y ningún historiador lo reporto. Pero quienes fueron quienes hicieron esto. Los hombres.

Entonces una historiadora empezó a hablar de las mujeres en la colonia, las mujeres en la edad media, se inició una línea investigativa sobre la historia de las mujeres y no se tenían fuentes verídicas sobre la mujer en la edad media, porque no había nada. Empezar a descubrir mujeres y saber qué significa esto, nadas más que dificultad de las mujeres para acceder al saber, impresionante. Y lo siguiente es cuestionar porque nos alejaban del saber.

La dificultad de las mujeres para acceder al saber, es evidente y hay que preguntarse el por qué. Ya ustedes bien lo saben para todo hay un por qué. Por supuesto que tenía que ver con las relaciones de poder incipientes a lo largo de la historia.

Y son insoportables estas restricciones de la academia frente al enfoque de género o feminista. Por ejemplo el periodismo. No hay una sola catedra de género en muchas carreras. Si la quieren deben acceder ya después del pregrado. Porque pasa esto, acaso no se comunican con mujeres, y con la pluralidad que esto conlleva, con mujeres transexuales, campesinas, pobres. Siguen creyendo que el mundo es de  consumo exclusivo masculino y las mujeres no son más que bellos objetos decorativos, por eso desde mis columnas busco generar un cambio, de mujeres o madres a sujetos sociales de derecho y si les molesta tanto a sujetas de derecho.

 

La mujer se libera desde la palabra, asi que hay que irrumpir, hay que tomar la palabra. La mujer se libera desde el lenguaje, por eso escriban mujeres.

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Fotografìa PUBLIMETRO

 

Publicado por

ESCACHAR

Blog de pensamiento crítico, feminismo, periodismo.

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