Obediencia al mandato de masculinidad, es la fragilidad contemporánea.

Nunca supo por donde empezar, siempre dudó sobre el momento indicado. Le hicieron creer que llenó de basura su mente, absorbió ideas que le aseguraron no tenían la importancia suficiente según la escala de valores predominante, que le hacen más daño a él que al resto de palurdos ignorantes. qué no exagere, le decían. Ya no espera nada de nadie. No le importa, ni le interesa deberle nada a nadie. Le cuesta creer sus palabras. Es horrible cuando se pierde la fé. La levedad es abrumadora, desgastante y repetitiva. Cómo un guión que repite minuto a minuto. Se ve gastado y cansando. Se envejece ante el mismo escenario.
Ya aprendió que pocos son los que realmente valen la pena. Que no habrán niños, ni cuentas de colegios, que nunca normalizará la desigualdad. Que no le interesa competir con nadie, ser mejor que nadie, ni mostrarse como nadie antes lo intento. Se pasa sus minutos libres contando los restantes. Le agobia no cumplirse a sí mismo. Se siente culpable como si no hubiera acabado sus estudios. Se siente culpable y al mismo tiempo único. Sensación extraña, siempre solitario, tan contradictorio y frágil. Tan débil ante un mundo de fuertes y rudos que no les importa a quienes se lleve por delante entre sus cachos afilados y orgullosos.
Le hierve la sangre al escuchar su nombre ahora en todas sus oraciones. ¿ Quién es ese? ¿Dónde estuvo cuando lo necesitaba antes que todo fuera un recuerdo? Ahora todos sus estúpidos días tiene que recordarle que hay mejores, más plásticos, más drogadictos, más abiertos y bisexuales no tan radicales y pasivos. Que es mejor frotarse unos a otros al ritmo de la música mientras se clavan el puñal por la espalda. Al menos el ladrón lo corta de frente, tira a matar mirándolo a los ojos. Pobres de aquellos que disparan en pequeñas dosis, cómo esa mujer que inyectaba cianuro en pequeñas cantidades en los postres que compartía todos los días con sus amigas burguesas. Hasta que una a una murieron menos ella. Les ayudo cómo nadie, les hizo el favor de guiarlas a la luz antes de tiempo, como un zancudo, cómo cada uno de nosotros al enfrentar el mundo.
“ Entonces uno se va dando cuenta que hay un problema masculino que revierte en nosotras. El coletazo del problema de la conflictividad, de la guerra, de la obligación de potencia, de la obligación de dominio que recae sobre los hombres, eso es básicamente el mandato de masculinidad que, al final nos pega a nosotras, pero primero les pega a ellos porque tienen que titularse, la masculinidad es un título, la feminidad no. Casi que se convierte en un accesorio, en un color y un cliché del mercado que nada tiene que ver con la feminidad.

El mandato de masculinidad es algo que simultáneamente le da una investidura a aquellas personas que cargan un cuerpo masculino y, al mismo tiempo, para mantener esa investidura tienen que hacer una lista grande de sacrificios y uno de ellos es titularse diariamente, nunca caer en la sospecha de sus padres, de sus cofrades, del grupo corporativo, nunca caer en la sospecha de que se ha degradado un poquito en su masculinidad, eso se aprende desde chiquito entonces las exigencias son exigencias de capacidad e indiferencia en el dolor ajeno, bajo nivel de empatía, de capacidad de crueldad, de capacidad de desafiar los peligros. Todo eso hace parte de un gran paquete que podríamos pasar días y días examinándolo y que varía de una cultura a otra cultura, de época histórica en época histórica pero que hace un paquete que podríamos identificar como las consecuencias del mandato del ser hombre”.
Me declaro en contra de ese mandato de ser un hombre de verdad. Cómo nos lo han enseñaron pero algo salió bien en algún momento pues muchos aborrecemos ese lugar privilegiado y maltratador para cuestionar el sistema patriarcal. De tener que ser alguien, de tener que compararlo todo. De tener que comparar el respeto con mis silencios y mi obediencia. Estoy harto de serlo y hacer lo mismo a diario. De lunes a viernes de 7 a 6. “Estamos contigo”.
“ Esa -dueñidad- que necesita mostrar que el orden se ha transformado, necesita mostrar que no hay ley, necesita estar en su escondite. El mundo sigue siendo un teatro de sombras, pero los dueños necesitan mandar, es un juego de la serpiente y tiene muchas cosas en común con el nazismo.
Entonces, ese orden necesita mandar la señal de que el mundo está adueñado, esta apropiado en varios niveles: en el nivel de lo público, en el nivel de las mafias y eso se manda con un espectáculo, etc. Ese mensaje se envía con el espectáculo de impunidad. Entonces, cuando uno acusa de impunidad, ni se inmutan, porque es lo que quieren lo que buscan los dueños. Lo que busca el poder es que la gente comprenda que ha caído en las garras de los dueños y eso se envía, ese mensaje, esa publicidad de un poder oculto con la impunidad.
Esa impunidad, las sentencias escandalosamente pequeñas frente a delitos como la violación, son en realidad el mensaje de que no nos movamos, no vale la pena porque el mundo está adueñado”.
A cargo de un pocos, de aquellos que aceptan ser títeres, muñecos y ecos de voces ajenas. Por eso me deprimo por eso me siento tan solo. Hablándole a la nada. En el mismo rincón de siempre, en los mismos lugares de siempre haber si algún día vuelve pero ya no será así, es claro que esta mejor ahora, y yo cada vez más perdido.

Citas – Mandato de masculinidades Rita Segato.

724

Pueden ser los siete días de la semana o quizá se refiera a cómo la gran mayoría duerme tan solo 5 horas y tienen partida en dos su alma, no lo sé. Somos fragmentos idénticos o opuestos que danzan simétricamente al otro lado del espejo, un poco más allá de donde no podemos vernos. En esa misma ciudad que conocemos y hemos recorrido envueltos en drama o livianos por el vino.

No confía en nadie, piensa y simula que nadie lo nota. Motivan las 18 horas de trabajo que le quedan a esta semana. Motiva reconocer la oportunidad y no estar en busca de algo. ¿Cómo hacemos para ser editores, críticos o escritores?
Cómo lo han hecho esas personas : mujeres y hombres, esos bichos raritos que tanto me gustan.

Me hace sentir alivio, me hace tener esperanza donde no la siento. Me hace creer que es posible. Más allá de los títulos o los discursos rimbombantes. Es mejor dejar atrás esas apariencias pues si necesito disfrazarme para tener su respeto y credibilidad prefiero ser fiel a mí mismo. Leal donde nadie se quizo quedar, sentarme ahí y no huir a salvarme en otros cuerpos. En otros mundos no tan transparentes.
Nos enseñan a temer, alabar y solo mirar. Nunca a opinar eso es subjetivo. No vale la pena dicen muchos recibiendo pago de periodistas pero son solo títeres de un sistema patriarcal.

No quiero temerle a mi cuerpo, a eso que puede generar amar. Sin miedo. Sin látex. Sin riesgo. Temerle a los hombres callados y pomposos. A los cuerpos perfectos, a las mentes estrechas y a los histéricos como yo que paso de tocar las nubes a arrastrar mi cuerpo de un lado a otro de la ciudad en una rutina maldita.

Llueve, las gotas salpican dentro y fuera del bus. Sus luchas y discursos son un grillete. La luz amarillenta sobre el pavimento de las vías, la velocidad y el viento solo me dejan ver rayas amarillas o rojas. Nada me genera confianza. En esas caras desconocidas y cansadas. Todos cargados con maletas y esperanzas rotas, regresamos a casa después de otro día de intentarlo. De horas de espera, de denuncias, de ataques, de gritos y mucha agua.
Vuelven a amanecer, abro los ojos y solo quiero terminar el día. Esta ella mirándome en silencio, solo pide cosas simples: afecto interminable y comida. Afecto interminable y que la dejen libre. Quisiera ser como ella. Cómo Antonia.

Insistí

Foto: Aleuliberios

Insistí

El primero de mayo en Colombia, como en todo el continente americano tiene una historia de muerte, silencio y rigor. A las 8 de la mañana se citó a la marcha al sur de ciudad en la Av. En la Primero de Mayo con Villavicencio. Aunque en 1912 fueron artesanos los que acribillaron en El Parque de la Independencia. No había un alma. El único madrugador era un temeroso de lentes, flaco y desgarbado. Veía policías, grupos de borrachos asediados por la Policía. Y más Policía. La inseguridad me harta, es una ciudad de concreto donde cualquier esquina es riesgosa, donde te sacan tus cosas apuntando un cuchillo contra tu cuerpo. Donde el hombre nos recuerda el instinto salvaje de supervivencia. Donde es ojo por ojo y diente por diente.
Tome un alimentador a Banderas. Fui sentando viendo cuerpos trasnochados llenos de alcohol. Una ola de zombies en busca de caldos caseros y camas silenciosas. Mientras yo me acercaba a la fila eterna, a la fila para entrar a hacer fila por una hora y 20 minutos. Pagas la entrada y te recuerdan que ya no eres un estudiante. Qué ya superaste un pregrado. Te entregan un mapa y estás solo. Sin con quién reírte por estar perdido. Por haber pasado 7 veces por ese mismo lugar, buscando una Editorial que no sabes pronunciar y por eso nadie te entiende “ Penguin Random House” .
Hace sol, y hay filas de persona esperando ha que den apertura a los pabellones, yo ubico El Salón Ecopetrol y la entrada al Salón E. Corro al Pabellón B. Me dice un estudiante de Ciencias Sociales de la Pedagógica, :- No están los libros, se agotaron solo hay estos: 1. Una historia Sencilla 2. Cuba. Quedó con ganas de gritarle. Pero me despido. Me siento en una silla. Y pienso. -Compro esos, de eso a nada, pues quisiera llevarlos todos por lo obsesivo-compulsivo que puedo ser. Me dice después de pagar:- Alfaguara está al fondo si quiere mirar. Giro a mi izquierda. Y me quiero matar. Esta su última publicación Opus Gelber y Plano Americano. Me retiro al ver que mi dinero no alcanza. Que esta vida es injusta. Y me siento en una banca y hago una llamada. Me quedo en silencio y vuelvo. -Me da por favor, Una Historia Sencilla de Leila Guerriero. Me entrega la bolsa naranja y salgo a leerla en los pasillos de la feria en una banca mientras espero que pasen 5 horas.
Al terminar dos chicas, con pañoletas o pañuelos verdes (en pro del aborto en Colombia) en la fila hablan de Caparrós, de feminismo y periodismo. De lo anticuados que son los editores y yo ignorante solo observó. Después dicen: – Espero mi vida mejore y no siga siendo un desastre. Y yo pensé. Pero que desastre más agradable. Soy el primero en fila pero nunca entro de primero. Quedó en la segunda fila. Veo sus risos asomar, su saco gris de la foto y sus jeans y calzado de cuero. Una joven atrás obliga a su acompañante a tomarle una foto y yo le pido el mismo favor. Le digo es un honor, que si podría firmar mi libro, entre dientes. Luego regreso a mí silla, paso temblando a mí puesto y entra él. Después del caos. Después de la histeria mi cuerpo se activo. Le hicieron tres preguntas: 1. ¿Cómo estás? . Responde abiertamente, mal. 2. ¿Cómo escribís? Responde: qué se yo. 3. ¿Qué preguntar?. A lo que responde hay que observar, no buscar confirmar nada sino mirar, construir una mirar leal, fiel a la realidad. Ganar confianza, demostrar interés, dedicar tiempo, ser obsesivo.
Salgo y veo que hay una fila cuatro veces de larga por el Ex-Presidente Santos, Que es Duque, que es odebrecht en Colombia . Lo escudan un aro de militares y policías, mientras su esposa Tutina posa una hermosa chaqueta bordada azul que dice en blanco “Paz-cifico”; Ojo, no todos nuestros expresidentes logran eso. Todos mezclados, todos junticos, todos en una cita previa para que la vida valga la pena. Subo y todo sucede muy rápido.

Me dice:- Hasta que lo lograste, me firma los libros. Me pregunta ¿ Sos periodista? Y yo con la lengua entre las amígdalas, vómito un sí, escribo en un blog. Me abre los ojos y me da un beso en la mejilla. Sonríe a mis fotos. -Insistí ya te verán. Me da un abrazo y yo me despido extasiado, del olor de su cabello. De su ropa suave y sus acento fuerte y seguro.

Camino de noche, con miedo a encerrarme. Dudó de mi en todo momento. Pero me entrego por completo. Agradezco a la vida. Y recuerdo que ya no tengo 20. Qué ya no puedo beber después de no comer bien. Que debo cuidarme e insistir. Luego corro y escribo sobre eso. Borro. intento otra cosa. Borro. Y pienso en eso que debo insistir en insistir.