Una historia fraccionada, nos vale una vida en riesgo.

En un presente en el que no dependemos de las etiquetas, de los géneros o las orientaciones sexuales, y algunos aseguran de la clase social, lo cual es válido cuestionar. Si entonces estamos atravesando este hito histórico ¿qué pasa qué no veo la indignación frente a muchos casos, que hoy merecen repudio?

La violencia de género no discrimina clase, raza o identidad, “en 2018 se han registrado al menos 760 casos de violencia de género , entre los 20 y 34 años. En el país ya van 3.014 y 1.400 hacia hombres pero esto ya se ha dicho muchas veces, las cifras son molestas claramente, pero logran desenredar un poco el tema y así poder ilustrar la situación. A nivel nacional “se reportó en Antioquia (28 crímenes), Valle del Cauca (28), Bogotá (12), Bolívar (12), Tolima (7) y Norte de Santander (5), hacia mujeres transexuales o transgenerista y hombres gays en promedio de edad de 37 años”. Entendiendo que solo el 10% de las víctimas denuncia.

Además de 5.870 casos de violencia contra niños y niñas, aseguran que cada año 10.082 menores son víctimas de violencia sexual. Esta situación indiscutiblemente tiene que ver con los roles de género establecidos en la sociedad colombiana. Tiene que ver con cómo se nos enseñó a ser hombres y mujeres en una sociedad violenta y patriarcal. Como utilizamos esos imaginarios colectivos de los medios masivos de comunicación para lograr identificarnos, ya sea como heteronormativo o trasgresor, puesto que no hay grises. Cómo nos han contado la historia, a pesar de tener una actitud revolucionaria frente al estatuto quo, la violencia ha sido la única herramienta de trasformación en 60 años. Y esto se nota en la manera de relacionarnos y de mediar con las diferencias. Ya que han sido los hombres con una visión chata del socialismo, quienes cuestionan el sistema hegemónico.

Desde lo cotidiano, desde esos espacios comunes se construye democracia, de problematizar lo diario como las jerarquías laborales, sociales y emocionales. Todo está medido por un grado económico y sentimental, esto también se le debe a la manera que nos enseñaron en nuestra cultura maternalista, a construir futuro, en donde es noticia que una mujer no quiera ser madre, después de haber sido esta una proclama en los 60 sesenta en otras partes del mundo. Esa es la credibilidad del colombiano, lo qué le quieran contar y cómo se lo quieran contar: desde que se rían. No importa. De ahí surgen los modelos o los estereotipos de género, para obtener poder hacia los demás, para influenciar no sé si de manera positiva o negativa, pero si para mover ideas; Aunque algunas personas lamentablemente se limitan a un proceso de dar órdenes y obedecer, no de cuestionar y tomarse el tiempo de analizar. (Opresores/ oprimidos) Ya que este sería el método más efectivo para construir verdades, al tener claro que verdades únicas, no existen. Pero si los estereotipos dañinos de masculinidad y feminidad que permean la realidad política y social. Que impiden el acceso a los derechos invisibilizando a la mitad de población. Creando pequeños grupos a los que se les permite la circulación del poder, mientras otros cuerpos, la gran mayoría se dedican únicamente a la reproducción, a generar riqueza, bienes, servicios por costumbre, por educación y moralidad e insertarse en una hegemonía local, criolla muy machista.

Desde los imaginarios colectivos, que intentamos reproducir, ese ideal de hombre educado que brillo con los derechos humanos, laborales, algunos reivindicativos en el caso de las personas LGBTIQA y las mujeres, que hoy cuentan con una representación y legislación específica, así a muchos les parezca exagerado. Sin embargo las cifras hablan por sí solas. Si me lo permiten siento que este problema va más allá, de las opiniones personales, de los discursos idealistas, incluso de las mismas utopías deconstructivistas, anticolonialistas y feministas.

Tiene que ver con cómo nos proyectamos desde lo que conocemos de la historia, como sabemos y cómo podemos evidenciar toda esta carga violenta, si solo sabemos una parte de la historia, como deslumbrar las fuerzas que ejercen a diario las relaciones personales en el trabajo, con los amigos, con los enemigos, en la calle buscando caminar tranquilos ignorando unos hilos que nos modelaran y delinearan el camino creyendo verdad la que nos han enseñado desde pequeños, de la reproducción natural y original, a callar al débil y darle protagonismo al fuerte; algunos teóricos lo llevan al análisis contextual que se extiende desde hace siglos, y que hoy se mantiene: “La crisis de población de los siglos XVI y XVII convirtió la reproducción y el crecimiento poblacional en objeto de debate intelectual y asunto de Estado. Para regular la procreación, y quebrar su control por parte de las mujeres, se intensificó la persecución de las “brujas”, se demonizó cualquier forma de control de la natalidad y de sexualidad no-procreativa, y se impusieron penas severas a la anticoncepción, el aborto y el infanticidio. El resultado fue que se esclavizó a las mujeres a la procreación: “Sus úteros se transformaron en territorio político controlado por los hombres y el Estado: la procreación fue directamente puesta al servicio de la acumulación capitalista”. La desposesión de la tierra y la devaluación del trabajo asalariado femenino condujo también a la masificación de la prostitución, tolerada en la Edad Media pero, desde el siglo XVI, sujeta a nuevas restricciones y criminalizada. Se formó, así, una “nueva división sexual del trabajo”, un “nuevo contrato sexual” que definía a las mujeres –madres, esposas, hijas, viudas – en términos que ocultaban su condición de trabajadoras, y daba a los hombres libre acceso a sus cuerpos, a su trabajo y a los cuerpos y el trabajo de sus hijos. A los hombres los transformo en jefes del hogar en cuanto a lo económico, en lo laboral hasta nuestros días es símbolo de excelencia, seguridad y carácter determinante al que muchos y muchas deben seguir, en lo social se robo el protagonismo, como único sujeto histórico capaz de escribir con elocuencia, esa mentira llamada objetividad y verdad, pero son tan incapaces de hablar de emociones sin sentirse femeninos y solo imaginar que violan su biología, su condición de hombres machos, no locas plumiferas. En esta “nueva organización del trabajo”, subraya, “todas las mujeres (excepto las que habían sido privatizadas por los hombres burgueses) se convirtieron en bien común”. Esta fue una derrota histórica para las mujeres. Para hacer cumplir la “apropiación primitiva” masculina del trabajo femenino, se construyó un “nuevo orden patriarcal” que redujo a las mujeres a la doble dependencia de sus empleadores y de los hombres. “Las mujeres mismas se convirtieron en bienes comunes”, ya que su trabajo fue definido como un recurso natural excluido de las relaciones de mercado. La familia, comenzó a separarse de la esfera pública y se configuró en la institución más importante para la apropiación y el ocultamiento del trabajo de las mujeres: en la clase alta, la propiedad daba al marido poder sobre su esposa e hijos, mientras que la exclusión de las mujeres del salario daba a los trabajadores un poder similar sobre sus mujeres”, vistas como objetos sexuales acumulables y listas para seguir trabajando en casa.

Siendo así el salario algo que da al hombre un papel de oprimido solo hasta la revolución industrial, pues siempre fue opresor, solo cuando le permitió entrar a la mujer a la fábrica, fue proletaria, mientras tanto todo el trabajo de reproducción femenino: como la maternidad y el cuidado hacia los otros es visto hasta hoy impuesto o como ítem en lo que significa ser mujer en Colombia. Sobre todo en una sociedad maternalista donde existen mujeres con pene. Es momento de reconocer esto como una realidad del presente, abrir espacio en los imaginarios para permitirnos ser y dejar de morir, por desinformados, por atravesados. Permitirnos formas equitativitas de convivencia en todos los aspectos de la vida.

A la vez es el mismo salario, algo que encadena a los sujetos y los divide clasificándolos determinantemente en la sociedad. Los hace competir y los convierte en enemigos sin importar nada, solo sobrevivir. Nada a favor de un bien común.

Fuente y foto: “La persecución de las brujas permitió el capitalismo” hoy venimos a quemar los machos y las fachas. CALIBÁN Y LA BRUJA.

-Silvia Federicci.

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