“Never let me down”

El tiempo se pone en contra y cada segundo se desmorona en la dualidad de ser uno más o uno menos, no se encuentran preocupaciones reales, solo fachadas coloridas pérdidas en la forma que deja a un lado las cosas más simples, ahi donde se encuentra lo verdadero. Entendiendo que la verdad es algo subjetivo que depende del contexto y el tiempo, no hay verdades concretas hoy en día ya que todo parece converger y luego se diluye en bifurcaciones repetitivas pero erradas de la realidad, de eso que debemos hacer para llegar a ser.

Es quizá una utopía la equidad y el respeto a las apariencias ya que son diversas y depende de quien la mire, pero juzgar y señalar a quien se aparta de ese ideal construido bajo un parámetro muy chato de lo que debe ser un hombre – sujeto, no lo siento para mí, dónde se es: según lo que se tiene o aparenta, donde la hombría es sinónimo de violencia no me es fácil permanecer. Y No me interesa permanecer o reproducirlo.

No necesito amenazar o incomodar a nadie por ninguna razón. No necesito demostrar quién soy si solo se fija en lo que ve. Ni dice más ni menos de mi responderle de la misma manera violenta, discriminatoria y machista. Pero mientras escuchaba sus pesadas voces se mezclaban con frases como. “never let me down” o “we have not evolved”.

You’ve been pissed on
For too long
Your rights abused
Your views refused
They manipulate and threaten
With terror as a weapon
Scare you till you’re stupefied
Wear you down until you’re on their side
Where’s the revolution
Come on, people
You’re letting me down

“.

Me siguen decepcionando uno a uno. Y es verdad seguimos anclados a esos viejos estereotipos para construir nuestra identidad, la forma relacionarlos y reconocerle respeto y poder a el otro. En lo personal me gustaría romper con todo menos con los ideales de no-ser para llegar a ser, no mañana o pasado, si no en algún estado lejos de aquí. Dónde no importe cuántas etiquetas y palabras en inglés utilices limitando el sentido de vida a trajeras e historiales bancarios.

Sentir que el tiempo se diluye no es nuevo pues muchos se han referido al término de poshegemonía, como el escritor Jon Beasley-Murray que título su más reciente obra así, afirma en ella qué “en general, la gente ya sabe, sabe que el trabajo es una esclavitud, sabe que los políticos son unos mentirosos y los banqueros unos ladrones, que el dinero es una mierda y los ricos no lo son por una virtud propia, que la democracia liberal es un fraude y que el Estado reprime más que libera, etc. Todo eso es parte del sentido común actual. Y aún así, cínicamente, actuamos como si estas ficciones fueran verdaderas.

El cinismo actual puede haber roto con una complacencia y credulidad previa, pero las cosas siguen más o menos igual. Lo cual sugiere que la “lucha ideológica”, no sólo no tiene la centralidad que tenía antes, sino que en realidad nunca la tuvo. La lucha por la hegemonía siempre funcionó como una distracción o una cortina de humo que oscurecía poderes y luchas más fundamentales”. Desperdiciando espacio, audiencia, dinero y tiempo en reproducir estereotipos dañinos que insertan la idea de violentar cuerpos, según su apariencia, clase, raza y género. Dejando que su risa denote la ignorancia producto de una precariedad en diversos aspectos, en la mayoría de los casos, el temor a que le guste lo reconocido como diferente o ajeno a su identidad.

Al reconocerlo como ajeno, se hace evidencia a un distanciamiento de ese pensamiento o simple desconocimiento del tema. Eso es una cosa, pero ese don de inventor que tenemos en nuestra cultura, nos hace creer que “nos la sabemos todas o si no la inventamos” pero nuestra capacidad de invención solo llega hasta donde el contexto nos lo permite. Lamentablemente no es muy arriesgado para la época al contrario para retroceder. Esto se debe por otro lado a la concepción del amor y los roles dentro de la sociedad, la familia y el Estado.

“Esta “nueva” historia de amor, que no es sino una más, es
también una historia estructurante de identidad que repite con otro
registro la misma historia, con el único agravante de que, esta vez,
la demanda y el deseo son más dramáticos, develándonos todo lo
absurdo y engañoso del amor, pues el amor es entonces la máxima
experiencia de engaño”.

Por esto me parece pertinente traer a colación este análisis breve sobre la cultura jerárquica. “La perspectiva general se enmarca dentro de una semiótica de la cultura en la que se parte de la consideración de los discursos amorosos (de los medios) como textos culturales, indicadores de elementos de cultura en un momento dado.

Eco (1977) afirma: La cultura por entero debería estudiarse como un fenó­meno de comunicación basada en sistemas de significación. Lo que significa que no sólo puede estudiarse la cultura de ese modo, sino que, además, sólo estudiándola de ese modo, pueden esclarecerse sus mecanismos fundamentales, (pág. 58) Esta premisa de que la cultura comunica significa que también
puede ser comunicada; precisando aún más, la cultura y los miembros que participan de ella en un momento dado establecen una relación especular con sus objetos semióticos o portadores de sentido (textos difundidos por los medios), lo cual quiere decir que se mira y se reconoce en ellos, que asimismo son, entre muchos otros objetos semióticos, un espejo de la cultura que conforma un conjunto, un cuerpo proposicional de reglas y normas que aunque no son forzosa ni automáticamente obedecidas, sí son reconocidas por todos, definiéndose en torno a ellas una especie de espectro de variaciones que actúa sobre las relaciones de los individuos, sobre sus acciones concretas, sobre su sentir y sobre su saber.”

Para finalizar cabe mencionar que no todo los mecanismos de defensa o de resistencia son violentos, ya que se estaría legimitando está como una acción revolucionaria lo que es un riesgo en un contexto violento como el nuestro, donde la lucha contra hegemónica se centra en esos actos que limitan el espectro de la contracultura y contra hegemonía.

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Referencias :http://m.eldiario.es/interferencias/Podemos-hegemonia-afectos_6_358774144.html

Los estragos del amor – Florence Thomas

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