Capt1: Memorias

En cuántas horas del día se construyen puentes entre las ideas y la realidad, entre la ficción y la ausencia de Fé. Señalando puntos a la deriva para caminar con perseverancia e insistencia, esperar que el tiempo ayude a entender mejor las curvas, pero vivirlas hace que la experiencia se sienta estremecedora, alivia la idea de aun esquivar la pesada carga del ser y poder construir caminos alternos, incipientes pero gratificantes, son entonces los puentes quienes nos permiten vivir una realidad propia y a la vez es colectiva.

1.

Existen muchas formas de ser menospreciados y subvalorados por una clase centralizada con ínfulas de pensadores grandiosos, pero en un lugar de Colombia, llamado Ibagué Tolima, nació Lucila así a secas sin apellido ni rastro de un padre, los hombre los conoció por sus cuatro hermanos mayores, fue única mujer en un hogar huérfano de padre; Familia que se mantenía a pulso por una mujer campesina y humilde, criada con animales en fincas y pastizales del departamento del Tolima.

Liboria su madre escuchaba en las noches el llanto de su hija recién nacida, estos alaridos rompían en estruendosos gritos el silencio de la noche tibia, que ella empleaba para pensar y encontrar una luz; su nombre me gusta es un reflejo de la naturaleza. Ella no sabía a qué se estaba enfrentado, la oscuridad del cuarto para ella, -era la nada- el vacío permanente de la existencia se instaló en su casa, llevándose un esposo, amado y querido, pero ausente, como la mayoría de los hombres en ese momento, lejanos del hogar, dueños de una esposa con hijos que dejó huérfanos.

Los días fueron transcurriendo y Liboria trabajaba lavando ropas, limpiando casas y ayudando en la cocinas de señoras de familia por días, con estos trabajos fue saliendo adelante mientras le encargaba a sus hijos mayores, a su pequeña hija menor. Cuando estaba junto a ella le hablaba y siempre le recordaba que seguirían juntas por mucho tiempo. Como producto de sus trabajos esporádicos, pudo ahorrar y conseguir material y dinero para pedirles ayuda paga a sus hermanos, para poder construir una casa con paredes de barro y techo de hojas.

El rio quedaba muy cerca para continuar lavando la ropa de quienes le ofrecían este empleo, cerca al pueblo para ir a hacer la vueltas, cómo traer el mercado e ir a la Iglesia; la primera vez que llevo a su hija caminaron de la mano hasta la catedral, fue bautizada con el apellido de su mamá: Lucila Amaya, orgullosa de ser madre soltera sin dejar de pesar su viudez, encontró en esta circunstancia una motivación para continuar.

Liboria fue enfermando, ya que no era una mujer joven, era una señora con varios mechones blancos en su cabello y unas lindas patas de gallina en cada sonrisa. Sus días pasaron en casa esperando en muchas ocasiones a su pequeña que ya estaba tomando clases en la escuela de la vereda cercana, a una hora de camino de trocha.

A los diez años Lucila en la casa construida por su mama y familiares, se cuestionaba la formalidad y protocolo que su madre les inculcaba para lograr el permiso de salida a casa de sus hermanos, amigos cercanos o para ir a la misa, ir clases en una escuela rular. Le imponía paños en su cabeza para ir a la iglesia y tenía lectura diaria de la palabra en la escuela y en la casa. Un día en esas clases para obtener la comunión católica, Lucila sostenía su peña biblia e intentaba leer las letras pequeñas mientras luchaba para no derretirse por el bochorno del medio día, y no perder el sentido de lo que estaba leyendo, se desmayó, tras cerrarse sus ojos, la pequeña queda en trance, flota entre nubes verdes sobre un fondo violeta, asteroides naranjas pasan entre sus piernas hasta que se detiene frente a una pirámide ciclope que emite el vocablo <<escachar>> una y otra vez hasta que la luz la despierta, se encuentra ya en otro salón recibiendo viento por su madre, quien la llama sin cesar al mismo tiempo que escucha una y otra vez <<escachar>>.

Al otro día mientras le ayudaba a su madre a golpear la ropa sobre el rio fuerte y caudaloso, lleno de vida brotando entre sus piedras cubiertas de la lama, de vida fresca, resbaladiza, ella no dejaba de pensar en que significaría esa palabra.

Las clases continuaron, por días, meses, años…hasta una tarde cuando Lucila regresaba de sus clases, su madre había muerto; su cuñada Isabel le avisa con lágrimas en sus ojos diciéndole:

-Mamita, doña Liboria no aguanto más, la trasladamos a la clínica pero fue demasiado tarde…

No podía comprender esas palabras que había escuchado: en su cabeza giraba –maaamiiitaaaa… Y no podía enfocar su visión, sus hermanos llegaron para confírmale la noticia y ella queda arrodillada en el piso de baldosa viendo su vestido de flores y como el polvo se iba reposando sobre el…. Con la esperanza que la cubriera por completo, abduciendola de esta realidad.

En el cementerio parecía que estuviera en otro lado, no conversaba ni recibía abrazos o pésames de nadie. Lloraba en su casa con sus hermanos, viendo su ropa, zapatos y sus cosas. Ella no sabía que en su vida la muerte sería tan cercana, tan presente y dura de sobrellevar.

2.

Después de la muerte de su madre, ella se quedó en casa, cocinando y limpiando para sus hermanos, se alejó de las lecturas regulares, pero no de la palabra, cada domingo con alguna excepción se encontraba en la catedral tomada del brazo de su cuñada Isabel. Y los años fueron haciendo asimilable la pérdida de su madre, el cambio que eso conllevó para su vida, para su seguridad sin embargo su familia estuvo ahí apoyándola en cualquier momento que lo necesitara.

Lucila tenía 19 años ya, su cuerpo había cambiado sin ninguna explicación, sin ninguna idea diferente a la de los valores católicos, de clase media baja en Ibagué en 1959, era un gran momento de desarrollo para el lugar y ella se sentía tranquila, no le intereso el estudio, y se dedicó a labores del hogar y velar por su familia. Centrada en una cultura dónde las mujeres son para estar en la casa sin ninguna otra opción diferente. Apesar de que en ese momento en 1957 la dictadura militar de Rojas Pinilla les otorgaba el voto a las mujeres mayores de 21 años, ya habían perdido ese letargo de sometimiento, sin embargo Lucila ni lo sabía, se le enseñó que pensar por sí mismo estaba mal. Estamos enfrente a un cambio generacional de cuerpos para ser mirados , para parir y callar a sujetas de derechos. Pero Lucila solo sabía cocina y servirle a los hombres, lamentablemente nada de cuestionar.

De camino iba a la tienda para llevar lo que hiciera falta en la casa, un día el señor dueño del negocio la vio entrar: la saludo y amablemente le brindo una manzana roja, cortejándola de alguna forma, ella era muy tímida e ignoraba los intentos de persuasión. Hasta que el un día la detuvo y le dijo:

-Buenos días señorita, ya me hacía falta verla por aquí… – (con intenciones de buscar conversación).

A lo que ella responde tranquilamente

-Es que la tienda que está más cerca a mi casa no la abrieron hoy. Y cortando toda conversación tomo el canasto y se fue rápidamente.

En ese momento decía más lo que una mujer callaba que lo que una mujer decía en realidad, creando así el contexto social, como se relacionaban las mujeres y lo siguen haciendo bajo difíciles circunstancias. Debajo de esa mirada esquiva Federico Echeverry Blanco Logró ver dulzura y fortaleza, material de explotación.

Pasaron algunos días y Lucila trabajaba en una fábrica empacando zapatos y limpiando, compartía con hombres en su mayoría, su jefe, el socio y uno de los ayudantes que se encontrataba según se necesitara. Veía como sus compañera se dedica o estaba insertadas en la vida laboral de manera operaria y no gerencial, en especial para en ese momento hasta ahora se estaban egresando las primeras generaciones de mujeres que pudieron acceder a una educación de calidad y superior, en el pais. Esto la derrumbaba y le dejaba una sensación de frustración muy grande, pero a la vez fue lo que la motivaba a continuar.

3.

En las semanas siguientes encontró una vitalidad y estabilidad que le permitan cumplir con sus obligación de manera perfecta, le iba muy bien en su trabajo y en su familia, su quñada ya tenía varios hijos a los que ella, complacientemente le ayudaba a cuidar ya estaba inscrita en esa maternidad obligada, sumisa y poco satisfactoria; veía en esa su finalidad como el éxito de ser mujer en la sociedad, como hija, hermana, amiga, empleada, esposa y madre. Ella creía que debía cumplir con esta si no quería sentirse incompleta. O eso le inculcaron y nunca cuestionó reitero.

Pensando en todo esto, se fue caminando a la tienda y se encontró de nuevo con Federico, a lo que encontro casi de manera precisa como la respuesta a ese -estar incompleta-. Sin embargo el pánico no podía tragárselo de la noche a la mañana para convencerlo de fijarse en ella. Todo pasó muy rápido y ya se encontraba saliendo de la tienda antes de poder decirle alguna palabra, pero encontró una nota en el fondo del canasto donde le ponía una cita frente a su local a las 9:30 p.m.

Regresó a casa con la idea de la cita dando vueltas en la cabeza, qué podría inventarse para poder salir, ¿si le creerían? No lo sabía, pero se sentía segura de hacerlo. Entro a su casa dejo las cosas sobre la mesa de la cocina, se dirigio a su cuarto y se acostó en su cama quedando tendida mirando el techo se preguntaba:- ¿cómo se supone que tendría que ser eso de las citas? Vale la pena pensar, en ese ideal de la familia, del hogar…

Pasadas las 9:30 tomo su abrigo abrió suave la puerta y salió, caminando bajo la sombra que quedaba tras la luz de los postes, contaba cada paso que daba, sentía que sus piernas le temblaban. Se paro acerca a la puerta y esperó.

Cada sonido de su entorno la asustaba, sentía que le anunciaba la presencia de este misterioso hombre, que la había hecho ir a esa hora ahí, a esperarlo, simplemente para saber que podría pasar, pues así fue, la puerta se abrió y salió Federico, se saludaron, caminaron y regresaron a tomar una gaseosa. Ella le conto donde trabajaba y el que tenía un hijo, se acaba de divorciar y quería empezar una familia con una buena mujer, comprensiva y amorosa que viera en Julio un hijo. Se despidieron de beso y corrió a su casa, en silencio esperando no ser descubierta.

Al cerrar la puerta de su cuarto cayó desmayada en su cama. Se casó un 15 de septiembre y como lo deseo: se convirtió en la madre de un pequeño de 3 años que Federico tenía como hijo, este padre soltero encontro en Lucila una buena mujer, leal y comprometida. Fue madre de 7, 2 murieron y uno sufrió de meningitis a muy temprana edad, lo que le causó un discapacidad sobre todo metal para memorizar, junto con una escasa educación el fue su segundo verdugo, quién por otra perdida reproduce un a forma muy vacía de ser hombre, conflictivo y histérico la encarcela hoy en día.

Lucila aprendió la confección de su esposo Federico ambos trabajaron, ella desde casa con las labores del hogar y la costura y él de tiempo completo en el local. Lo que le permitía un poco más de privacidad, mientras Lucila estaba en casa, haciendo sancocho, frijoles, sudados para 8 todos los dias, desayuno almuerzo y lave tiestos, haga el aseo y reprendalos con valores católicos. -la culpa muy presente-.

Fue dependiente económicamente de su marido toda la vida, obtuvo bienes a través de su matrimonio que la calificó como un bien más del Señor Echeverry: Lucila Amaya de Echeverry. Su esposo murió hace 5 años ahora es viuda tras 60 años de matrimonio. Hoy con 85, aún está con sus hijos, el menor Harold, le gustan los animales, sige con perros y aves por todos lados.

Habla más del pasado que del presente, debe ser por la melancolía de su soledad. El aislamiento de la vida real y un profundo deseo de ignorarla para darle sentido a su existencia. La amo a esta mujer y fue con la única que dije que me quería casar a los 6 años. Hoy siento tu experiencia de vida inspiradora y útil para el análisis del cambio, para la siguientes generaciones.

No necesitamos un macho autoritario, no necesitamos exigir tiempo, cariño, amos, respeto, que piensen que tenemos la misma posibilidad de hacer las mismas labores, oficios y cargos. No necesitamos obedecer a nadie para aprender las cosas. No necesitamos más Lucilas de ellas ya aprendimos mucho, dejemolas ser lo que quieran ser.

A mi abuela hermosa.

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